Otoño
No te conozco, Señor. Hace unos días estabas
verde, radiante, polvoriento. Hoy te encuentro, te has puesto amarillo, de
armonía frágil y tibia, enfermo en catos y en luces.
Señor, por la noche eres más largo y ríes de
frío en las estrellas altas. Y no madrugas de rosas y de manzanas tan temprano;
Te lo comprendemos todo, en el frío silencioso, oscurecido aún.
No hay pájaros en las ramas calvas; ni
flores, ni por las calles, ni en la plaza quieta niños o los viejos absortos,
sentados al sol. Has desaparecido. Te has escondido a medias, Señor. Has
cambiado y apenas te conozco.
Septiembre de 1967
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